#
Exhibitions
Artists
Month
Year
29
El Paso Errante
Agosto
2016
 

1

Plan
1.

Usted está viendo la transmisión en vivo
de un paisaje patagónico.
El paisaje llega por medio de una tablet
a la terraza del edificio Bencich,
en el microcentro.
De ahí, otra tablet lo desvía para esta sala.

2.
En la sala, un apelotonamiento de cosas. Agradables algunas, otras no. Da igual. Lo que importa es que no se entre sin ser conmovido. Conmovido: apretado, arropado, mojado, raspado, empolvado, obstaculizado, envuelto, invadido, inducido a la relajación, al sueño.
Hoy todo depende de la háptica o de su falta: los cambios anímicos, las posiciones, las decisiones, los pensamientos, los actos, las consecuencias. En la puja entre presencia y no presencia, entre sostener y renunciar, entre asumir y echar a perder, oscilamos. Sobre todo bajo el efecto de una abstracción (tecnológica, política, económica) que actúa –y a la que respondemos– 24/7, manteniendo deprimidas nuestras posibilidades.

3.
Lejos, un paisaje patagónico. En sala, el mismo paisaje en tiempo real, doblemente mediado-mediatizado. Tiempo real por tanto irreal en virtud de la sucesiva descomposición de la imagen-tiempo. Sustracción de una sustracción.
Segundo doblete: una montaña, un lago, una meseta desértica, y el latifundio (por control remoto). Sustracción.
Entre las tierras del sur y el pedazo de lote que usted está pisando (o pisó), el tercer vértice: un edificio de oficinas simbólico de la modernización de Buenos Aires de los veinte-treinta. Del esteticismo academicista de bancos, importadoras-exportadoras, financieras, navieras, cerealeras. Emblema de confraternidad de negocios. Ante todo.
Un triángulo imaginario menos entre lo real y lo virtual que entre lo abstracto y lo vital.

4.
Sorpresa: sin pretenderlo, la obra termina resultando una especie de sobreimpresión de Tropicália (1967), de Hélio Oiticica. Una planta similar (trazado cuasi laberíntico con regreso obligado por el camino de ida); similar contraste entre imagen electrónica y objetos, cuerpos, cosas; similar aparato escondido al final del trayecto (una pantalla). ¿Llegará a ser, también ésta, una obra superantropofágica?
De pronto, incertidumbre: ¿qué se hace cuándo unx tuvo una idea similar a la de otrx sin darse cuenta? ¿Prepararse para el juicio de las autoridades investidas, de la corrección pública, de lxs herederxs? ¿Pedir perdón y destruir lo que unx hizo hasta que no quede ni la sombra?
Encarar sin titubear, agradeciendo a colegas presentes y pasadxs el caldo de cultivo que dejaron y que dejan a las generaciones habidas y por haber, y espesar el caldo.

5.
Supersuperantropofagia: devorar a los antropófagos que devoraron a los antropófagos, y también a lo(s) que los antropófagos no devoraron. Pero sobre todo devorar lo que se abstrae. Tragárselo para convertirlo en cuerpo. Imposible hacerse fuertes de otro modo. O poder de devorar o muerte por desencarnación inadvertida. Contra la saciedad simulada, un hambre nueva.



Santiago G. Navarro – Sol Pipkin


2

Fe de errantes

El día de la inauguración, a la vez que sabemos de la apuesta que esta exposición significa, nos empieza a ganar una sensación de extrañeza. La sensación de que algo no termina de encontrar su rumbo. Después de un trabajo de meses, y cuando se suponía que teníamos que exponer los resultados de un proceso, no sólo la obra sigue sin aparecer, sino que, en su lugar, aparece otra, medio trabada, medio deforme. ¿Qué era lo que no estábamos entendiendo?
La muestra –nos parece– va a ser recibida como algo medio incomprensible, a mitad de camino entre muchas cosas. Hay algo lúdico combinado con algo político y con algo terapéutico, pero todo queda un poco en suspenso, sin terminar de consistir. El día de la inauguración, la muestra sigue siendo una instancia de preguntas más que de respuestas. Así en realidad han sido los últimos meses.
Lo charlamos entre nosotros, y la sintonía en el diagnóstico y en los posibles caminos a tomar es instantánea. Una vez más.
Los que nos dieron la clave –esto durante la inauguración– no fueron los adultos, todos expertos en arte contemporáneo, sino sus hijos. Ellos jugaron desde el primer momento, exploraron cada parte de la exposición con toda su corporalidad. Por contraste, la gran mayoría de los adultos entraban buscando el señuelo de lo visual, y se quedaban desconcertados ante una maraña demasiado heterogénea y abigarrada de elementos.
“En realidad esto recién empieza”, decimos como primera conclusión. ¿Es posible que la obra exigiera esta presentación aparentemente fallida? ¿Y si, en ese caso, asumimos el error, o lo que se supone que es un error, y en vez de satisfacer las expectativas del público, seguimos esquivando el acierto, caminando entre sospechas e intuiciones, pero sin aferrarnos a nada? Lo visual, y en un sentido más amplio, lo óptico, controlan demasiado nuestros cuerpos. Eso es lo que se pone de manifiesto, una vez más, con la reacción del público. Pero en este caso nos toca muy de cerca. Traza una frontera entre lo que se puede e incluso se debe experimentar, y lo que no.
En medio de este giro, rescatamos otra clave: que lo que por lo general se declara y hasta se anhela como experiencia en arte, en este caso se impone sin alternativas. Sentimos la adrenalina de estar mostrando lo real del proceso, sin edición, sin disimulo. Y el vértigo de exponer indefectiblemente sin éxito. Sin poder ofrecer una conclusión o resultado final.
A partir de este momento, inaugurando la segunda versión de la muestra actual, toda una parte de lo expuesto queda de lado. Todo el talento visual, objetual, escultórico. A partir de este momento, sólo se puede visitar la muestra de a una persona por vez, con los ojos vendados y sin zapatos. Y Sol va a actuar como guía, atendiendo a lo que intuitivamente le sugieran los afectos del espectador, proponiéndole discretos desafíos a su existencia más inmediata y punzante. (Sol o Daniela Brunand, o cualquier espectador que, tras su paso por la muestra, quiera guiar a otro).
Por lo tanto, también, los objetos y materiales de la exposición se usarán de forma diferente cada vez. Y lo visual de la muestra entrará en contacto con el espectador exclusivamente en su dimensión no formal. (El que no entienda esto, que haga la visita). Así que, aunque hecha con casi exactamente los mismos elementos que vieron los asistentes de la vernissage, la muestra en su nueva composición es ciega. Respira, siente, camina, acompaña, va hacia adentro y hacia afuera.
En cuanto al título, se mantiene. Porque no puede parecernos, ahora, más revelador. De ahí esta fe de errantes.

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El Paso Errante
Sol Pipkin
Agosto 2016

1

Plan
1.

Usted está viendo la transmisión en vivo
de un paisaje patagónico.
El paisaje llega por medio de una tablet
a la terraza del edificio Bencich,
en el microcentro.
De ahí, otra tablet lo desvía para esta sala.

2.
En la sala, un apelotonamiento de cosas. Agradables algunas, otras no. Da igual. Lo que importa es que no se entre sin ser conmovido. Conmovido: apretado, arropado, mojado, raspado, empolvado, obstaculizado, envuelto, invadido, inducido a la relajación, al sueño.
Hoy todo depende de la háptica o de su falta: los cambios anímicos, las posiciones, las decisiones, los pensamientos, los actos, las consecuencias. En la puja entre presencia y no presencia, entre sostener y renunciar, entre asumir y echar a perder, oscilamos. Sobre todo bajo el efecto de una abstracción (tecnológica, política, económica) que actúa –y a la que respondemos– 24/7, manteniendo deprimidas nuestras posibilidades.

3.
Lejos, un paisaje patagónico. En sala, el mismo paisaje en tiempo real, doblemente mediado-mediatizado. Tiempo real por tanto irreal en virtud de la sucesiva descomposición de la imagen-tiempo. Sustracción de una sustracción.
Segundo doblete: una montaña, un lago, una meseta desértica, y el latifundio (por control remoto). Sustracción.
Entre las tierras del sur y el pedazo de lote que usted está pisando (o pisó), el tercer vértice: un edificio de oficinas simbólico de la modernización de Buenos Aires de los veinte-treinta. Del esteticismo academicista de bancos, importadoras-exportadoras, financieras, navieras, cerealeras. Emblema de confraternidad de negocios. Ante todo.
Un triángulo imaginario menos entre lo real y lo virtual que entre lo abstracto y lo vital.

4.
Sorpresa: sin pretenderlo, la obra termina resultando una especie de sobreimpresión de Tropicália (1967), de Hélio Oiticica. Una planta similar (trazado cuasi laberíntico con regreso obligado por el camino de ida); similar contraste entre imagen electrónica y objetos, cuerpos, cosas; similar aparato escondido al final del trayecto (una pantalla). ¿Llegará a ser, también ésta, una obra superantropofágica?
De pronto, incertidumbre: ¿qué se hace cuándo unx tuvo una idea similar a la de otrx sin darse cuenta? ¿Prepararse para el juicio de las autoridades investidas, de la corrección pública, de lxs herederxs? ¿Pedir perdón y destruir lo que unx hizo hasta que no quede ni la sombra?
Encarar sin titubear, agradeciendo a colegas presentes y pasadxs el caldo de cultivo que dejaron y que dejan a las generaciones habidas y por haber, y espesar el caldo.

5.
Supersuperantropofagia: devorar a los antropófagos que devoraron a los antropófagos, y también a lo(s) que los antropófagos no devoraron. Pero sobre todo devorar lo que se abstrae. Tragárselo para convertirlo en cuerpo. Imposible hacerse fuertes de otro modo. O poder de devorar o muerte por desencarnación inadvertida. Contra la saciedad simulada, un hambre nueva.



Santiago G. Navarro – Sol Pipkin


2

Fe de errantes

El día de la inauguración, a la vez que sabemos de la apuesta que esta exposición significa, nos empieza a ganar una sensación de extrañeza. La sensación de que algo no termina de encontrar su rumbo. Después de un trabajo de meses, y cuando se suponía que teníamos que exponer los resultados de un proceso, no sólo la obra sigue sin aparecer, sino que, en su lugar, aparece otra, medio trabada, medio deforme. ¿Qué era lo que no estábamos entendiendo?
La muestra –nos parece– va a ser recibida como algo medio incomprensible, a mitad de camino entre muchas cosas. Hay algo lúdico combinado con algo político y con algo terapéutico, pero todo queda un poco en suspenso, sin terminar de consistir. El día de la inauguración, la muestra sigue siendo una instancia de preguntas más que de respuestas. Así en realidad han sido los últimos meses.
Lo charlamos entre nosotros, y la sintonía en el diagnóstico y en los posibles caminos a tomar es instantánea. Una vez más.
Los que nos dieron la clave –esto durante la inauguración– no fueron los adultos, todos expertos en arte contemporáneo, sino sus hijos. Ellos jugaron desde el primer momento, exploraron cada parte de la exposición con toda su corporalidad. Por contraste, la gran mayoría de los adultos entraban buscando el señuelo de lo visual, y se quedaban desconcertados ante una maraña demasiado heterogénea y abigarrada de elementos.
“En realidad esto recién empieza”, decimos como primera conclusión. ¿Es posible que la obra exigiera esta presentación aparentemente fallida? ¿Y si, en ese caso, asumimos el error, o lo que se supone que es un error, y en vez de satisfacer las expectativas del público, seguimos esquivando el acierto, caminando entre sospechas e intuiciones, pero sin aferrarnos a nada? Lo visual, y en un sentido más amplio, lo óptico, controlan demasiado nuestros cuerpos. Eso es lo que se pone de manifiesto, una vez más, con la reacción del público. Pero en este caso nos toca muy de cerca. Traza una frontera entre lo que se puede e incluso se debe experimentar, y lo que no.
En medio de este giro, rescatamos otra clave: que lo que por lo general se declara y hasta se anhela como experiencia en arte, en este caso se impone sin alternativas. Sentimos la adrenalina de estar mostrando lo real del proceso, sin edición, sin disimulo. Y el vértigo de exponer indefectiblemente sin éxito. Sin poder ofrecer una conclusión o resultado final.
A partir de este momento, inaugurando la segunda versión de la muestra actual, toda una parte de lo expuesto queda de lado. Todo el talento visual, objetual, escultórico. A partir de este momento, sólo se puede visitar la muestra de a una persona por vez, con los ojos vendados y sin zapatos. Y Sol va a actuar como guía, atendiendo a lo que intuitivamente le sugieran los afectos del espectador, proponiéndole discretos desafíos a su existencia más inmediata y punzante. (Sol o Daniela Brunand, o cualquier espectador que, tras su paso por la muestra, quiera guiar a otro).
Por lo tanto, también, los objetos y materiales de la exposición se usarán de forma diferente cada vez. Y lo visual de la muestra entrará en contacto con el espectador exclusivamente en su dimensión no formal. (El que no entienda esto, que haga la visita). Así que, aunque hecha con casi exactamente los mismos elementos que vieron los asistentes de la vernissage, la muestra en su nueva composición es ciega. Respira, siente, camina, acompaña, va hacia adentro y hacia afuera.
En cuanto al título, se mantiene. Porque no puede parecernos, ahora, más revelador. De ahí esta fe de errantes.