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Exhibitions
Artists
Month
Year
31
Decomiso
Noviembre
2016
 

Decomisados 1
Por Javier Villa



I.
El 31 de julio de 2014, personal de la Fiscalía de Estado de Santiago del Estero allana el establecimiento Don Lolo -lindero a la frontera con el Chaco- y decomisa 410 especímenes de rocas extraterrestres. Es posible imaginar a los cuerpos celestes orbitar por el espacio exterior durante 4.500 millones de años, hasta que un ser humano pudiera avistarlos por primera vez cuando cruzan el cielo en pocos segundos. Proyectar una imagen en stop-motion de las piedras enterradas durante 4.000 años; gusanos y lombrices circulando a su alrededor y el monte tupido creciendo y muriendo en la superficie variable de tierra que tienen por encima, hasta que son cosechados por un puñado de cazameteoritos locales o extranjeros y acopiados en una estancia donde esperan un destino de contrabando internacional, para terminar colocados en algún mercado de China o Rusia. Suponerlos ocultos durante esa espera hasta ser redescubiertos y cargados en una camioneta de la fiscalía, para ser alojados bajo llave en un pequeño recinto dentro de una dependencia del Estado provincial, y así convertirse en meteoritos incautados tras cerrojos legales y puertas físicas. (Ocho años antes del decomiso, mientras investigan el derrotero de una mitad del meteorito “El Taco”, que había desaparecido del radar en épocas de la carrera espacial durante la Guerra Fría, Faivovich & Goldberg esperan solos en una oficina del Instituto Smithsoniano en Washington, que contiene el archivo de meteoritos de la institución. Sin que nadie los vea, en el fichero rubricado con la letra C de Campo del Cielo, infiltran una carpeta de imágenes del descubrimiento del meteorito “El Wichi”, nombrado así por los artistas en 2006. Entre las imágenes hay una fotografía de ellos mismos junto al bólido dentro de su cráter, que tal vez será encontrada por algún investigador en el futuro como un extraño eslabón cultural dentro de una historia incautada por la ciencia).

En una época signada por la invisibilidad de los paraísos fiscales y la hípervisibilidad que ofrecen los paraísos visuales -como el arte, los medios y las redes sociales-, las imágenes de decomisos se trasladan por las fronteras que traza esta paradoja. Materializan metonímicamente y en un momento preciso, aquello que es intangible a causa de su dimensión: el mercado financiero, la corrupción, el narcotráfico o el cibercrimen se transforman en torres de billetes, armas ordenadas linealmente sobre una alfombra, ladrillos de droga o discos rígidos despatarrados. Es el momento preciso donde se formaliza algo de cuyo origen conocemos poco: estuvo oculto, ilegal, inhallable; y de cuyo derrotero tampoco existen certezas: la destrucción, el guardado y sellado perpetuo, la reinserción en la opacidad. Son imágenes que funcionan sólo como representación, pero que quieren aparentar verdad y transparencia a partir de la aparición concreta de materia.

El arte no queda exento de estas paradojas visuales en una época que se debate entre la abstracción y la materia, entre la intangibilidad absoluta y la sensación de acceso total, donde la imagen del decomiso se planta como ese frenético híbrido. No sólo porque las obras de arte son protagonistas materiales del lavado de dinero del crimen organizado -y poseen enormes superficies en depósitos dentro de paraísos fiscales2-, sino también porque proporcionan una de las mayores reflexiones acerca del ver (y del cómo y hasta dónde se ve) en relación a las imágenes actuales y su producción, circulación y consumo. Todos los artistas son incautadores: recuperan materiales de orígenes poco claros, provengan de la creatividad intuitiva, de datos ocultos de la historia, de rincones impensados de las ciencias o de puntos de vista inéditos sobre la política. Provocan un momento preciso de visibilidad durante la exposición o el devenir público de esos materiales, que luego tendrán un destino indefinido tanto en su aspecto material como utópico. Las obras de arte también hacen forma desde lo no asimilable o desde aquello que es imposible de dimensionar. Son máquinas ópticas que operan bajo procedimientos de revelación. Son, en algún punto, una imagen de decomiso.

II.
A fines de 2015, Faivovich & Goldberg son invitados por un miembro de la Sociedad Científica Argentina (SCA), fundada en 1872 en la Ciudad de Buenos Aires, a visitar el espacio de la institución para proponer un proyecto. Meses después, durante una reunión con el propietario de un meteorito, trazan una línea entre ambos puntos y le sugieren donar su roca a la SCA. El propietario la pone a disposición y comienzan las averiguaciones legales para arribar a buen puerto con el operativo de donación. Los meteoritos son protegidos como patrimonio provincial por leyes vigentes en Santiago del Estero y Chaco. Sin una ley nacional que los ampare, aquellos especímenes que fueran extraídos de dichas provincias previo a la legislación o cuyo origen no pudiera ser certificado, son artefactos sin entidad jurídica: no pertenecen ni al dominio público ni privado del Estado. Es resto de materia extraterrestre que no le pertenece a nadie. (El 29 de diciembre de 2011, tras una debatida sesión extraordinaria y con diferencia de un voto, se sanciona una ley en el Congreso de la Provincia del Chaco para trasladar un meteorito de 37.000 kg. con el objetivo de exhibirlo de manera temporaria en Kassel, Alemania, durante dOCUMENTA (13). Una campaña viral iniciada por un antropólogo frena el traslado bajo la argumentación de que el propietario cultural de los meteoritos es el pueblo Moqoit. La asamblea Moqoit aprueba el movimiento de la roca a Alemania, aunque algunos miembros de la comunidad se oponen. Finalmente, el meteorito no se mueve del Chaco y se frustra su visualización en un ámbito de intercambio internacional).

El arte surgió ligado a la ley. Tanto las actividades a concretar como las conductas prohibidas se nombraban a partir de su representación visual en cavernas o tótems para que cobren existencia. A partir de los años 60, el arte adquirió como nueva busqueda desencajar la norma para desplazarla y poner en relieve un territorio de lo impensado o lo no visible. Cuestionar así los condicionamientos sociales u objetuales; las leyes espaciales y temporales que guían nuestros comportamientos, enunciados o categorizaciones. Las obras pretenden perturbar fronteras y sistemas, pero ¿qué pasa si no hay un afuera? Si el sistema mismo del arte es el hijo pródigo del capitalismo cognitivo, romper la norma se vuelve un fetiche de consumo intelectual y material: una estandarización que nada dice de su eficacia.
La materia artística y sus pretensiones se vuelven entidades altamente codificadas ¿Qué pasa, entonces, si en vez de desplazar la norma e ir hacia fuera, se va hacia adentro y se la utiliza como herramienta?

Si un objeto involucrado de alguna u otra forma en el arte, en vez de romper la norma se volviese pura entidad jurídica, destrabaría su codificación artística y potencialmente podría arrastrar otro tipo de eficacia relacional con los seres humanos (en comparación con las provocadas comunalmente por el ámbito artístico). Siendo una herramienta embebida en las entrañas del sistema, podría adquirir una capacidad efectiva de nombrar y, en consecuencia, dar visibilidad. El meteorito “El Chaco” no viaja a Alemania para convertirse en una pesada escultura sobre Friedrichsplatz, sino que al quedarse en su sitio y, a partir de la ley sancionada y su posterior discusión, da nombre al pueblo Moqoit, a una provincia algodonera, al cosmos, a nuestro planeta; da visibilidad a problemas territoriales, universales, patrimoniales, sociales, legales e incluso artísticos. Aquí el objeto ni siquiera es un documento, la huella de un gesto o un cadáver post-procedimiento (como podría pensarse a un tajo de Fontana, y el corrimiento que provoca en el arte desde el objeto moderno hacia la acción, el espacio o el concepto). El objeto se desmarca de cualquier tipo de entidad artística para potenciar la pregunta sobre dónde acontece el arte y para qué. Esta suerte de sacrificio del objeto –que como entidad jurídica desafia la función que tiene el arte de romper la norma- es un llamado a la eficacia de la obra como herramienta de visualización de las estructuras legales, económicas o sociales que rodean a un artefacto tan natural como cultural. El objeto se convierte simbólicamente en un tótem: da forma, en un momento preciso, a aquello que es difícil de dimensionar. La obra se manifiesta como el instante en que es posible ver y la pregunta sobre dónde ocurre el arte es la más compleja de reponder. Si la ley acudía al arte para otorgarse existencia, el arte acude a la ley para expandirse como un nuevo inasible.

III.
El 9 mayo de 2016, luego de seis meses de preparativos epistolares con el fiscal Raúl Julio César Abate y varios viajes fallidos a la provincia, Faivovich & Goldberg logran ingresar a la Fiscalía de Estado de Santiago del Estero para dirigir el pesaje, la nominación e indexación de los meteoritos incautados hace casi dos años en el establecimiento Don Lolo. Según la actas labradas por la escribanía del Gobierno de la Provincia, no participan en el procedimiento como peritos expertos, sino como artistas visuales e investigadores. La actuación dura tres días e incluye a un decena de empleados. Durante esas jornadas la fiscalía desarma su cotidianeidad. La puerta donde se oculta el tesoro cósmico se abre: un rincón de meteoritos caóticamente apilados como escombro galáctico. Con un típico carro de mercancías, un par de funcionarios con ropa deportiva irá trasladando los 3.500 kg de materia extraterrestre en grupos, para luego arrojarlos sobre el piso del patio. Allí se limpian con un cepillo de alambre y con golpes de meteorito contra meteorito para retirar el óxido de tierra. Suben a una balanza para ser pesados y nominados, y luego entran a la biblioteca de la fiscalía donde son fotografiados sobre un infinito de alfombra azul, pegado con cinta de papel desde los estantes que contienen códigos legales hasta un escritorio donde se apoyan las piedras. Una vez retratados se les ata un hilo con su nombre y peso y vuelven al patio, donde un ordenanza de mantenimiento lima una fracción de su superficie con una amoladora, la pinta de blanco y le inscribe su nombre a un cuerpo celeste que es más antiguo que la Tierra. Finalmente, son guardados en unos tambores de combustible tratados con pintura antióxido. Sus tapas son soldadas y ubicadas en el patio, bajo un aro de básquet. Allí quedarán hasta que encuentren un nuevo destino.


1 Este texto es la versión preliminar de un ensayo realizado para la publicación que se producirá en ocasión de la exposición Decomiso.

2 En la edición Journal #63 de e-flux, Hito Steyerl menciona a estos depósitos como la mayor superficie de arte actual en el mundo, que contienen obras que no son públicas, que pueden pasar de un depósito a otro, pero que probablemente nunca serán sacadas de sus cajas. Gran cantidad de estas obras posiblemente tengan un origen oscuro, como los botines ilegales de la Segunda Guerra. Y, sin dudas, un derrotero inimaginable.

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Decomiso

Noviembre 2016

Decomisados 1
Por Javier Villa



I.
El 31 de julio de 2014, personal de la Fiscalía de Estado de Santiago del Estero allana el establecimiento Don Lolo -lindero a la frontera con el Chaco- y decomisa 410 especímenes de rocas extraterrestres. Es posible imaginar a los cuerpos celestes orbitar por el espacio exterior durante 4.500 millones de años, hasta que un ser humano pudiera avistarlos por primera vez cuando cruzan el cielo en pocos segundos. Proyectar una imagen en stop-motion de las piedras enterradas durante 4.000 años; gusanos y lombrices circulando a su alrededor y el monte tupido creciendo y muriendo en la superficie variable de tierra que tienen por encima, hasta que son cosechados por un puñado de cazameteoritos locales o extranjeros y acopiados en una estancia donde esperan un destino de contrabando internacional, para terminar colocados en algún mercado de China o Rusia. Suponerlos ocultos durante esa espera hasta ser redescubiertos y cargados en una camioneta de la fiscalía, para ser alojados bajo llave en un pequeño recinto dentro de una dependencia del Estado provincial, y así convertirse en meteoritos incautados tras cerrojos legales y puertas físicas. (Ocho años antes del decomiso, mientras investigan el derrotero de una mitad del meteorito “El Taco”, que había desaparecido del radar en épocas de la carrera espacial durante la Guerra Fría, Faivovich & Goldberg esperan solos en una oficina del Instituto Smithsoniano en Washington, que contiene el archivo de meteoritos de la institución. Sin que nadie los vea, en el fichero rubricado con la letra C de Campo del Cielo, infiltran una carpeta de imágenes del descubrimiento del meteorito “El Wichi”, nombrado así por los artistas en 2006. Entre las imágenes hay una fotografía de ellos mismos junto al bólido dentro de su cráter, que tal vez será encontrada por algún investigador en el futuro como un extraño eslabón cultural dentro de una historia incautada por la ciencia).

En una época signada por la invisibilidad de los paraísos fiscales y la hípervisibilidad que ofrecen los paraísos visuales -como el arte, los medios y las redes sociales-, las imágenes de decomisos se trasladan por las fronteras que traza esta paradoja. Materializan metonímicamente y en un momento preciso, aquello que es intangible a causa de su dimensión: el mercado financiero, la corrupción, el narcotráfico o el cibercrimen se transforman en torres de billetes, armas ordenadas linealmente sobre una alfombra, ladrillos de droga o discos rígidos despatarrados. Es el momento preciso donde se formaliza algo de cuyo origen conocemos poco: estuvo oculto, ilegal, inhallable; y de cuyo derrotero tampoco existen certezas: la destrucción, el guardado y sellado perpetuo, la reinserción en la opacidad. Son imágenes que funcionan sólo como representación, pero que quieren aparentar verdad y transparencia a partir de la aparición concreta de materia.

El arte no queda exento de estas paradojas visuales en una época que se debate entre la abstracción y la materia, entre la intangibilidad absoluta y la sensación de acceso total, donde la imagen del decomiso se planta como ese frenético híbrido. No sólo porque las obras de arte son protagonistas materiales del lavado de dinero del crimen organizado -y poseen enormes superficies en depósitos dentro de paraísos fiscales2-, sino también porque proporcionan una de las mayores reflexiones acerca del ver (y del cómo y hasta dónde se ve) en relación a las imágenes actuales y su producción, circulación y consumo. Todos los artistas son incautadores: recuperan materiales de orígenes poco claros, provengan de la creatividad intuitiva, de datos ocultos de la historia, de rincones impensados de las ciencias o de puntos de vista inéditos sobre la política. Provocan un momento preciso de visibilidad durante la exposición o el devenir público de esos materiales, que luego tendrán un destino indefinido tanto en su aspecto material como utópico. Las obras de arte también hacen forma desde lo no asimilable o desde aquello que es imposible de dimensionar. Son máquinas ópticas que operan bajo procedimientos de revelación. Son, en algún punto, una imagen de decomiso.

II.
A fines de 2015, Faivovich & Goldberg son invitados por un miembro de la Sociedad Científica Argentina (SCA), fundada en 1872 en la Ciudad de Buenos Aires, a visitar el espacio de la institución para proponer un proyecto. Meses después, durante una reunión con el propietario de un meteorito, trazan una línea entre ambos puntos y le sugieren donar su roca a la SCA. El propietario la pone a disposición y comienzan las averiguaciones legales para arribar a buen puerto con el operativo de donación. Los meteoritos son protegidos como patrimonio provincial por leyes vigentes en Santiago del Estero y Chaco. Sin una ley nacional que los ampare, aquellos especímenes que fueran extraídos de dichas provincias previo a la legislación o cuyo origen no pudiera ser certificado, son artefactos sin entidad jurídica: no pertenecen ni al dominio público ni privado del Estado. Es resto de materia extraterrestre que no le pertenece a nadie. (El 29 de diciembre de 2011, tras una debatida sesión extraordinaria y con diferencia de un voto, se sanciona una ley en el Congreso de la Provincia del Chaco para trasladar un meteorito de 37.000 kg. con el objetivo de exhibirlo de manera temporaria en Kassel, Alemania, durante dOCUMENTA (13). Una campaña viral iniciada por un antropólogo frena el traslado bajo la argumentación de que el propietario cultural de los meteoritos es el pueblo Moqoit. La asamblea Moqoit aprueba el movimiento de la roca a Alemania, aunque algunos miembros de la comunidad se oponen. Finalmente, el meteorito no se mueve del Chaco y se frustra su visualización en un ámbito de intercambio internacional).

El arte surgió ligado a la ley. Tanto las actividades a concretar como las conductas prohibidas se nombraban a partir de su representación visual en cavernas o tótems para que cobren existencia. A partir de los años 60, el arte adquirió como nueva busqueda desencajar la norma para desplazarla y poner en relieve un territorio de lo impensado o lo no visible. Cuestionar así los condicionamientos sociales u objetuales; las leyes espaciales y temporales que guían nuestros comportamientos, enunciados o categorizaciones. Las obras pretenden perturbar fronteras y sistemas, pero ¿qué pasa si no hay un afuera? Si el sistema mismo del arte es el hijo pródigo del capitalismo cognitivo, romper la norma se vuelve un fetiche de consumo intelectual y material: una estandarización que nada dice de su eficacia.
La materia artística y sus pretensiones se vuelven entidades altamente codificadas ¿Qué pasa, entonces, si en vez de desplazar la norma e ir hacia fuera, se va hacia adentro y se la utiliza como herramienta?

Si un objeto involucrado de alguna u otra forma en el arte, en vez de romper la norma se volviese pura entidad jurídica, destrabaría su codificación artística y potencialmente podría arrastrar otro tipo de eficacia relacional con los seres humanos (en comparación con las provocadas comunalmente por el ámbito artístico). Siendo una herramienta embebida en las entrañas del sistema, podría adquirir una capacidad efectiva de nombrar y, en consecuencia, dar visibilidad. El meteorito “El Chaco” no viaja a Alemania para convertirse en una pesada escultura sobre Friedrichsplatz, sino que al quedarse en su sitio y, a partir de la ley sancionada y su posterior discusión, da nombre al pueblo Moqoit, a una provincia algodonera, al cosmos, a nuestro planeta; da visibilidad a problemas territoriales, universales, patrimoniales, sociales, legales e incluso artísticos. Aquí el objeto ni siquiera es un documento, la huella de un gesto o un cadáver post-procedimiento (como podría pensarse a un tajo de Fontana, y el corrimiento que provoca en el arte desde el objeto moderno hacia la acción, el espacio o el concepto). El objeto se desmarca de cualquier tipo de entidad artística para potenciar la pregunta sobre dónde acontece el arte y para qué. Esta suerte de sacrificio del objeto –que como entidad jurídica desafia la función que tiene el arte de romper la norma- es un llamado a la eficacia de la obra como herramienta de visualización de las estructuras legales, económicas o sociales que rodean a un artefacto tan natural como cultural. El objeto se convierte simbólicamente en un tótem: da forma, en un momento preciso, a aquello que es difícil de dimensionar. La obra se manifiesta como el instante en que es posible ver y la pregunta sobre dónde ocurre el arte es la más compleja de reponder. Si la ley acudía al arte para otorgarse existencia, el arte acude a la ley para expandirse como un nuevo inasible.

III.
El 9 mayo de 2016, luego de seis meses de preparativos epistolares con el fiscal Raúl Julio César Abate y varios viajes fallidos a la provincia, Faivovich & Goldberg logran ingresar a la Fiscalía de Estado de Santiago del Estero para dirigir el pesaje, la nominación e indexación de los meteoritos incautados hace casi dos años en el establecimiento Don Lolo. Según la actas labradas por la escribanía del Gobierno de la Provincia, no participan en el procedimiento como peritos expertos, sino como artistas visuales e investigadores. La actuación dura tres días e incluye a un decena de empleados. Durante esas jornadas la fiscalía desarma su cotidianeidad. La puerta donde se oculta el tesoro cósmico se abre: un rincón de meteoritos caóticamente apilados como escombro galáctico. Con un típico carro de mercancías, un par de funcionarios con ropa deportiva irá trasladando los 3.500 kg de materia extraterrestre en grupos, para luego arrojarlos sobre el piso del patio. Allí se limpian con un cepillo de alambre y con golpes de meteorito contra meteorito para retirar el óxido de tierra. Suben a una balanza para ser pesados y nominados, y luego entran a la biblioteca de la fiscalía donde son fotografiados sobre un infinito de alfombra azul, pegado con cinta de papel desde los estantes que contienen códigos legales hasta un escritorio donde se apoyan las piedras. Una vez retratados se les ata un hilo con su nombre y peso y vuelven al patio, donde un ordenanza de mantenimiento lima una fracción de su superficie con una amoladora, la pinta de blanco y le inscribe su nombre a un cuerpo celeste que es más antiguo que la Tierra. Finalmente, son guardados en unos tambores de combustible tratados con pintura antióxido. Sus tapas son soldadas y ubicadas en el patio, bajo un aro de básquet. Allí quedarán hasta que encuentren un nuevo destino.


1 Este texto es la versión preliminar de un ensayo realizado para la publicación que se producirá en ocasión de la exposición Decomiso.

2 En la edición Journal #63 de e-flux, Hito Steyerl menciona a estos depósitos como la mayor superficie de arte actual en el mundo, que contienen obras que no son públicas, que pueden pasar de un depósito a otro, pero que probablemente nunca serán sacadas de sus cajas. Gran cantidad de estas obras posiblemente tengan un origen oscuro, como los botines ilegales de la Segunda Guerra. Y, sin dudas, un derrotero inimaginable.