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Exhibitions
Artists
Month
Year
37
Fabers
Marzo
2018
 

Llegaron con sus herramientas y construyeron máquinas.
Encendidas, las máquinas empezaron a vomitar sin parar máquinas que vomitaban más máquinas que vomitaban más máquinas.
Y así, festejando los logros del progreso y el ocio, fue cómo quedaron sin nada que hacer.
Sin perder las herramientas, comenzaron a construir las mismas máquinas que las máquinas vomitaban a millares, pero a estas jamás las encendieron.
Montañas de basura y montañas de joyas se veían iguales.
Idénticas.
La magia de las máquinas era que les recordaban a las máquinas.
(Se vendía serializada de a millares por todo el mundo una herramienta con la siguiente inscripción impresa:
No hubo peor noche que aquella en la que el vibrar de las máquinas se convirtió en la música de mis pesadillas.
También se consigue su imagen impresa en tazas, posters, remeras, stickers, platos, gorras y servilletas.)

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En la participación activa de un proceso a través del aprendizaje, en la puesta en práctica no-crítica de un proceso específico, antes que la máquina entre a convertir a la automatización en el mero hecho de apretar un botón y esperar a que algo esté hecho, llega el acto transgresor: la demostración de la flexibilidad de la máquina.
Para que no nos adormezca su ronroneo, para que ese vibrar se convierta en un alarido en medio de la noche (atronador, incómodo y terrorífico), tenemos que primero sentir qué significa dormir acunado por él.
Pervertir la máquina es entonces, cambiar los estándares. Dejar las obras con fallas porque muestran su relación especial con el material, con los tiempos de antes de las máquinas. Devolverle la potencia al suelo con un despliegue en el piso de flores nativas. Sacar las flores colonizadoras que se nos filtran, como las estampas gringas que hasta en las prendas reutilizadas se nos aparecen. El trabajo deja marcas y trastoca las utilidades históricas.
La obra conversa con la historia al mismo tiempo que la transforma. Pero no puede transformarla sin antes sentirse abrazada por ella. Las máquinas se convierten así en ejemplo y hacker de su propia existencia.

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Texto: Marcos Krivocapich

Exhibitions

#37
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Fabers
Gabriel Baggio
Marzo 2018

Llegaron con sus herramientas y construyeron máquinas.
Encendidas, las máquinas empezaron a vomitar sin parar máquinas que vomitaban más máquinas que vomitaban más máquinas.
Y así, festejando los logros del progreso y el ocio, fue cómo quedaron sin nada que hacer.
Sin perder las herramientas, comenzaron a construir las mismas máquinas que las máquinas vomitaban a millares, pero a estas jamás las encendieron.
Montañas de basura y montañas de joyas se veían iguales.
Idénticas.
La magia de las máquinas era que les recordaban a las máquinas.
(Se vendía serializada de a millares por todo el mundo una herramienta con la siguiente inscripción impresa:
No hubo peor noche que aquella en la que el vibrar de las máquinas se convirtió en la música de mis pesadillas.
También se consigue su imagen impresa en tazas, posters, remeras, stickers, platos, gorras y servilletas.)

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En la participación activa de un proceso a través del aprendizaje, en la puesta en práctica no-crítica de un proceso específico, antes que la máquina entre a convertir a la automatización en el mero hecho de apretar un botón y esperar a que algo esté hecho, llega el acto transgresor: la demostración de la flexibilidad de la máquina.
Para que no nos adormezca su ronroneo, para que ese vibrar se convierta en un alarido en medio de la noche (atronador, incómodo y terrorífico), tenemos que primero sentir qué significa dormir acunado por él.
Pervertir la máquina es entonces, cambiar los estándares. Dejar las obras con fallas porque muestran su relación especial con el material, con los tiempos de antes de las máquinas. Devolverle la potencia al suelo con un despliegue en el piso de flores nativas. Sacar las flores colonizadoras que se nos filtran, como las estampas gringas que hasta en las prendas reutilizadas se nos aparecen. El trabajo deja marcas y trastoca las utilidades históricas.
La obra conversa con la historia al mismo tiempo que la transforma. Pero no puede transformarla sin antes sentirse abrazada por ella. Las máquinas se convierten así en ejemplo y hacker de su propia existencia.

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Texto: Marcos Krivocapich