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Exhibitions
Artists
Month
Year
22
La Imperfección es La Cima
Abril
2015
 

Cinco situaciones de cercanía con Gabriel Baggio
Lila Siegrist

Alfredo Guido a los doce
En el otoño del 89 visitábamos los domingos por la tarde al abuelo de mi amiga Soledad. Su abuelo vivía en una casa que nos resultaba fascinante. El Dr. Marcelo, cómo lo llamábamos con mi hermana, nos recibía en el comedor para ver cine. Así era que organizaba sobre la boiserie, con una sábana sujeta con chinches en los vértices, una pantalla improvisada. La sábana olía a sábana, pandeaba la arista superior del plano para evidenciar un volumen impropio del cine y transcurría “El último malón” de Alcides Greca. Los setenta minutos de proyección me permitieron descubrir, gracias a los relámpagos del Súper 8 en toda la habitación, que, sobre el margen superior de la pantalla, emergían unas pinturas extrañísimas y de lisérgia absoluta. Las sesiones de cine se repitieron dos o tres veces más los domingos venideros. Élan desde aquellos días gracias a las pinturas de Alfredo Guido descubiertas en esa casa.

Guillermo Enrique Hudson a los treinta
De un modo casi arbitrario, el ojo se pierde en la planitura y acompasa nuestro delirio indómito y verborrágico. Gabriel Baggio, con un ademán, propio de su conjunción dactilar, que se inicia en el modo de acodarse, espanta mariposas blancas, Ascia monuste. Descubre, como paseando por el abra de algún bosque, como el naturalista levantará la mirada en el instante en que cruza ante sus ojos una gran mariposa extraña; por ejemplo un Morpho azul, insecto angelical, de vuelo tan leve como el de los silfos, tan azul y puro como su aérea morada, pero con alas anchas y etéreas de color más brillante y delicado; la que, luego, casi sin darle tiempo para sentir júbilo de ese descubrimiento, alzará el vuelo por encima de los árboles y desaparecerá. Entonces llegará la noche, y él con sus habituales modales, que pueden incluir un chasquido entre sus dedos, y así las mariposas blancas construir una estela de sus gestos. La noche comienza a invadir el campo, aquella desolación de “campo bruto”, lleno de pajonales y de juncos y en donde, apenas, se diseñan los fundamentos de una espacio nuevo y yermo. Con la oscuridad el llanto, que se extiende y corre, desde el lagrimal. Surca la mejilla y se limita a existir hasta el gonión, desde esta frontera se pierde, y Gabriel Baggio reconstruye en un variopinto de talos y cobaltos, esta vez flavos destellantes, la compacidad extinta de la tristeza. La densidad de la pena se agudiza cuando no se pronuncia, gana en porte y se vuelve un collar dorado de cariátides. En el cortaderal, cuando el bajo descubre las totoras, surge un herbario de témperas acrisoladas. Así sopla el viento en el cielo como si, ante la fronda pintada, hubiera encontrado una voz. Oh! Oh! ¡Qué deplorable sería si una catástrofe súbita destruyera todos los tesoros artísticos acumulados en la Galería Nacional, los mármoles del Museo Británico y el contenido de la Biblioteca Real, con sus antiguas ediciones y sus ilustraciones medievales! Y esto representaría sólo la obra del cerebro y las manos del hombre, impresiones del genio individual en la materia perecedera, inmortal solamente en el sentido en que lo es también el sedoso capullo del gusano muerto, porque continua existiendo y brillando cuando las manos y el cerebro del artista se han convertido en polvo . La imperfección es la cima.

Ángel Guido a los treinta y cinco
Gabriel Baggio dispone la Mise en Place del horizonte, es el anfitrión del paisaje. Planea un “ditirambo eglógico del paisaje”. El paisaje está ahí, presente y eterno, hiriendo la retina del artista. Asumimos las distintas categorías del hombre frente al paisaje americano, la que nos interesa: el Hombre vernáculo, el hombre de su pago. Pasa inadvertido, es un elemento, un gajo hondo, sin duda, de ese mismo paisaje. Crea la música, el canto, el arte decorativo, ingenuamente, frescamente. El arte popular es agua de fontana que mana sin escamoteos y sin condimentos...La incorporación del paisaje en lo recóndito de su vida, es natural, espontánea, subconsciente. Este proceso de incorporación de esencias del paisaje se logra biológicamente. Con prestancia singular, serenidad dignísima, es la de todo hombre que se siente en quicio con su destino... Ojalá la ternura del creador artista, poeta, escritor o plástico, se derrame sobre la naturaleza robusta de la tierra y el mar de América... . El artista se dispone, así, como un rabdomante de su terreno, para identificar con su vara de Zahorí las posibilidades amorosas del paisaje.

Pampa Libre, hoy
Gabriel Baggio trabaja surcando la llanura y distingue zonas de estridencia cromática en el paisaje: plenos de tierras y blancos de los azules. Arrobamiento emocional, subterráneo sentido de libertad, de gracia, de sublimada belleza antropomórfica. Mirada oblicua. Discutimos sobre la importancia o no del piano nobile en las casas de campo. Mi tesitura justifica la sobre elevación para evitar la llegada del culebrage a los cuartos principales. Me detengo en los calcáreos que revisten las galerías de la casa y brota el dibujo inquieto de una culebra verde y negra que agiliza nuestra percepción demorada por el sopor de febrero; se confirma mi presunción. Gabriel Baggio, en unos meses, traficaría esos calcáreos y la huella serpéntica de la culebra a la sala de arte en plena urbe. De este modo aparecen, y vuelven a aparecer relatos extrañísimos, datos remotos. ¿Rusia? Los estampados de Léon Bakst, el revestimiento completo de la Mezquita Azul y las pinturas murales de Alfredo Guido. Celeste, plateado, turquesa, cerámica esmaltada y lustre platino de tercera cocción. El colorido de estos mosaicos evidencia un sincretismo autóctono y criollo, en el que se atollan referencias tan remotas como fraternas.
El desierto siempre
En Navarro no se consiguen balas. Sí hay glicinas entre el fuego y el riego, bicho de pie y geográfico, papeles contra el paisaje, contra papeles un pedazo de planeta, lagunas temporarias, zonas anegadas, el vecino irlandés que se queja por la falta de balas. Una mesa dispuesta para el trabajo, las Winsor and Newton Talens Rembrandt adulteradas con ALBA, varios eucaliptus medicinales, otra mesa dispuesta para el jolgorio. Las manos de Gabriel Baggio sobre sus caderas trazando un rombo en su contorno con un incentro en su esternón desnudo. Los técnicos de la bomba, expertos Villalba, para tener agua. En mi mesa de noche una linterna por las dudas. Tres mesas. Las mesas como planos en los que podremos comprimir el paisaje para hacerlo propio y maleable. Me duermo pensando en las personas que todavía quiero. Se abre una senda en la soledad, se pinta un monte, se clasifica botánicamente. La única manera en que se comporta nuestra amistad es hablando de “desierto a desierto” .




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La Imperfección es La Cima
Gabriel Baggio
Abril 2015

Cinco situaciones de cercanía con Gabriel Baggio
Lila Siegrist

Alfredo Guido a los doce
En el otoño del 89 visitábamos los domingos por la tarde al abuelo de mi amiga Soledad. Su abuelo vivía en una casa que nos resultaba fascinante. El Dr. Marcelo, cómo lo llamábamos con mi hermana, nos recibía en el comedor para ver cine. Así era que organizaba sobre la boiserie, con una sábana sujeta con chinches en los vértices, una pantalla improvisada. La sábana olía a sábana, pandeaba la arista superior del plano para evidenciar un volumen impropio del cine y transcurría “El último malón” de Alcides Greca. Los setenta minutos de proyección me permitieron descubrir, gracias a los relámpagos del Súper 8 en toda la habitación, que, sobre el margen superior de la pantalla, emergían unas pinturas extrañísimas y de lisérgia absoluta. Las sesiones de cine se repitieron dos o tres veces más los domingos venideros. Élan desde aquellos días gracias a las pinturas de Alfredo Guido descubiertas en esa casa.

Guillermo Enrique Hudson a los treinta
De un modo casi arbitrario, el ojo se pierde en la planitura y acompasa nuestro delirio indómito y verborrágico. Gabriel Baggio, con un ademán, propio de su conjunción dactilar, que se inicia en el modo de acodarse, espanta mariposas blancas, Ascia monuste. Descubre, como paseando por el abra de algún bosque, como el naturalista levantará la mirada en el instante en que cruza ante sus ojos una gran mariposa extraña; por ejemplo un Morpho azul, insecto angelical, de vuelo tan leve como el de los silfos, tan azul y puro como su aérea morada, pero con alas anchas y etéreas de color más brillante y delicado; la que, luego, casi sin darle tiempo para sentir júbilo de ese descubrimiento, alzará el vuelo por encima de los árboles y desaparecerá. Entonces llegará la noche, y él con sus habituales modales, que pueden incluir un chasquido entre sus dedos, y así las mariposas blancas construir una estela de sus gestos. La noche comienza a invadir el campo, aquella desolación de “campo bruto”, lleno de pajonales y de juncos y en donde, apenas, se diseñan los fundamentos de una espacio nuevo y yermo. Con la oscuridad el llanto, que se extiende y corre, desde el lagrimal. Surca la mejilla y se limita a existir hasta el gonión, desde esta frontera se pierde, y Gabriel Baggio reconstruye en un variopinto de talos y cobaltos, esta vez flavos destellantes, la compacidad extinta de la tristeza. La densidad de la pena se agudiza cuando no se pronuncia, gana en porte y se vuelve un collar dorado de cariátides. En el cortaderal, cuando el bajo descubre las totoras, surge un herbario de témperas acrisoladas. Así sopla el viento en el cielo como si, ante la fronda pintada, hubiera encontrado una voz. Oh! Oh! ¡Qué deplorable sería si una catástrofe súbita destruyera todos los tesoros artísticos acumulados en la Galería Nacional, los mármoles del Museo Británico y el contenido de la Biblioteca Real, con sus antiguas ediciones y sus ilustraciones medievales! Y esto representaría sólo la obra del cerebro y las manos del hombre, impresiones del genio individual en la materia perecedera, inmortal solamente en el sentido en que lo es también el sedoso capullo del gusano muerto, porque continua existiendo y brillando cuando las manos y el cerebro del artista se han convertido en polvo . La imperfección es la cima.

Ángel Guido a los treinta y cinco
Gabriel Baggio dispone la Mise en Place del horizonte, es el anfitrión del paisaje. Planea un “ditirambo eglógico del paisaje”. El paisaje está ahí, presente y eterno, hiriendo la retina del artista. Asumimos las distintas categorías del hombre frente al paisaje americano, la que nos interesa: el Hombre vernáculo, el hombre de su pago. Pasa inadvertido, es un elemento, un gajo hondo, sin duda, de ese mismo paisaje. Crea la música, el canto, el arte decorativo, ingenuamente, frescamente. El arte popular es agua de fontana que mana sin escamoteos y sin condimentos...La incorporación del paisaje en lo recóndito de su vida, es natural, espontánea, subconsciente. Este proceso de incorporación de esencias del paisaje se logra biológicamente. Con prestancia singular, serenidad dignísima, es la de todo hombre que se siente en quicio con su destino... Ojalá la ternura del creador artista, poeta, escritor o plástico, se derrame sobre la naturaleza robusta de la tierra y el mar de América... . El artista se dispone, así, como un rabdomante de su terreno, para identificar con su vara de Zahorí las posibilidades amorosas del paisaje.

Pampa Libre, hoy
Gabriel Baggio trabaja surcando la llanura y distingue zonas de estridencia cromática en el paisaje: plenos de tierras y blancos de los azules. Arrobamiento emocional, subterráneo sentido de libertad, de gracia, de sublimada belleza antropomórfica. Mirada oblicua. Discutimos sobre la importancia o no del piano nobile en las casas de campo. Mi tesitura justifica la sobre elevación para evitar la llegada del culebrage a los cuartos principales. Me detengo en los calcáreos que revisten las galerías de la casa y brota el dibujo inquieto de una culebra verde y negra que agiliza nuestra percepción demorada por el sopor de febrero; se confirma mi presunción. Gabriel Baggio, en unos meses, traficaría esos calcáreos y la huella serpéntica de la culebra a la sala de arte en plena urbe. De este modo aparecen, y vuelven a aparecer relatos extrañísimos, datos remotos. ¿Rusia? Los estampados de Léon Bakst, el revestimiento completo de la Mezquita Azul y las pinturas murales de Alfredo Guido. Celeste, plateado, turquesa, cerámica esmaltada y lustre platino de tercera cocción. El colorido de estos mosaicos evidencia un sincretismo autóctono y criollo, en el que se atollan referencias tan remotas como fraternas.
El desierto siempre
En Navarro no se consiguen balas. Sí hay glicinas entre el fuego y el riego, bicho de pie y geográfico, papeles contra el paisaje, contra papeles un pedazo de planeta, lagunas temporarias, zonas anegadas, el vecino irlandés que se queja por la falta de balas. Una mesa dispuesta para el trabajo, las Winsor and Newton Talens Rembrandt adulteradas con ALBA, varios eucaliptus medicinales, otra mesa dispuesta para el jolgorio. Las manos de Gabriel Baggio sobre sus caderas trazando un rombo en su contorno con un incentro en su esternón desnudo. Los técnicos de la bomba, expertos Villalba, para tener agua. En mi mesa de noche una linterna por las dudas. Tres mesas. Las mesas como planos en los que podremos comprimir el paisaje para hacerlo propio y maleable. Me duermo pensando en las personas que todavía quiero. Se abre una senda en la soledad, se pinta un monte, se clasifica botánicamente. La única manera en que se comporta nuestra amistad es hablando de “desierto a desierto” .